Libros

Los libros que leí en 2014

Al igual que ya hace algunos años, aquí presento la lista de los libros leídos en 2014. Los detalles y mis opiniones están ahora principalmente concentrados en mi perfil de Goodreads, aunque a algunos si les llego todavía a dedicar una entrada al blog.

  1. Clases de literatura: Berkeley, 1980 – Julio Cortázar
  2. Y las montañas hablaron – Khaled Hosseini
  3. Aullido – Allen Ginsberg
  4. For the Win: How Game Thinking Can Revolutionize Your Business – Kevin Werbach, Dan Hunter
  5. 59 Seconds: Think a Little, Change a Lot – Richard Wiseman
  6. La vida y la muerte me están desgastando – Mo Yan
  7. Alan Turing: el pionero de la era de la información – B. Jack Copeland
  8. CeroCeroCero – Roberto Saviano
  9. Nueva York – Edward Rutherfurd
  10. The Fault in Our Stars – John Green
  11. Bosques – Wajdi Mouawad
  12. Cielos – Wajdi Mouawad
  13. Invisible Monsters – Chuck Palahniuk
  14. My Brief History – Stephen Hawking
  15. Yo soy un extraño bucle – Douglas R. Hofstadter
  16. Cómo NO escribir una novela: 200 errores clásicos y cómo evitarlos – Howard Mittelmark
  17. Underground – Haruki Murakami
  18. Mi lucha – Adolf Hitler
  19. Ánima – Wajdi Mouawad
  20. La fiesta de la insignificancia – Milan Kundera
  21. La soledad de los números primos – Paolo Giordano
  22. Los culpables – Juan Villoro
  23. Teoría De Los Sentimientos – Carlos Castilla Del Pino

Dos puntos malos en mi contra. El año pasado leí un total de 24 libros y me puse la meta de leer este año 30. Resultó que este año leí menos libros y por supuesto, la meta de los 30 no se cumplió.

Como justificante, pretexto o excusa, a mi favor tengo que decir que varios de los libros de este año fueron particularmente extensos y complejos. La vida y la muerte me están desgastando, así como Nueva York, son novelas que rebasan las 1000 páginas. Yo soy un extraño bucle, no solo es extenso, también es bastante profundo y requiere toda la concentración. Algo semejante sucedió con Teoría de los Sentimientos, un ensayo que comencé  a leer en 2013 y abandonaba por largos periodos, pero que finalmente pude concluir este año.

Tomando como criterio el impacto que han tenido en mi vida, el libro más significativo que leí este año es sin lugar a dudas Yo soy un extraño bucle. Aportó mucho y cambió radicalmente mi manera de pensar respecto a la conciencia humana, nuestra mente y el concepto de individualidad.

Otros grandes libros fueron: Clases de Literatura, La vida y la muerte me están desgastando, Alan Turing, CeroCeroCero, My Brief History, Underground y La fiesta de la insignificancia.

Para este año conservaré mi meta de los 30 libros y espero poder cumplirla.

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Underground – Sarín, sectas y fanatismo

Underground

Underground nos lleva a la faceta de Haruki Murakami como periodista, quien atraído por el ataque de gas sarín en el metro de Tokio en 1995 a manos de la secta Aum Shinrikyo y su líder Shoko Asahara, se dedicó a hacer un trabajo de investigación de más de un año basado en entrevistas de personas que vivieron el ataque en las que pidió que narrasen su experiencia y la forma en cómo aquel suceso había cambiado sus vidas.

El libro se publicó en Japón en 1997 y un año después Murakami publicó en una revista una segunda porción complementaria basada en entrevistas con miembros y ex miembros de la secta. La publicación del libro en otros idiomas incluyó entonces ambas partes. La traducción al español nos llega un poco ‘tarde pero segura’, gracias, en gran parte, al éxito internacional del autor.

Luego de leer el libro, quisiera iniciar explicando la forma en que actúa el gas sarín. De manera muy simple, podría resumir que es como un ‘insecticida’ pero para humanos, y seguramente todos hemos visto lo que sucede cuando disparamos un poco de este a mosquitos, moscas, cucarachas, etcétera. La explicación un poco más larga implica describir cómo trabajan nuestros músculos.

Podemos dividir el trabajo de mover un músculo como un proceso de dos pasos: contracción y relajación. En el primero, las terminaciones nerviosas envían una señal a las células con una sustancia química llamada acetilcolina que actúa como mensajera. Al recibir el mensaje, los músculos se mueven, se contraen. Después de contraerse, viene la segunda etapa donde entra en juego una segunda sustancia, la encima de la colinesterasa, que neutraliza el mensaje de la acetilcolina, y relaja o prepara a los músculos para la siguiente acción. El proceso se repite así una y otra vez.

El sarín, un agente nervioso incoloro e inodoro creado en laboratorios porque no se encuentra de manera natural en el ambiente, inhibe el trabajo de la colinesterasa, es decir, la sustancia involucrada en el segundo paso de mover un músculo, la relajación, y ya se podrán dar una idea de lo que eso implica para un ser humano. Porque ¿dónde tenemos músculos? o mejor dicho ¿dónde NO? Hasta en nuestros ojos, en las pupilas, hay dos músculos que controlan su apertura. Por ello uno de los primeros síntomas de envenenamiento por sarín son las pupilas contraídas (esto sucede de forma natural en el ojo cuando se expone a un ambiente con mucha luz, las pupilas se hacen chiquitas para dejar entrar una menor cantidad). El envenenado comienza a ver todo obscuro. Los siguientes síntomas son cientos de veces más peligrosos, mortales. Los músculos de las extremidades comienzan a dejar de responder y a sufrir espamos. Lo mismo sucede con los músculos encargados de la respiración lo que frecuentemente conduce a la muerte por asfixia.

La mañana de el lunes 20 de marzo de 1995, un día antes del comienzo de la primavera, cinco hombres, todos en diferentes puntos, todos miembros del movimiento religioso Aum Shinrikyo (Verdad Suprema), se introdujeron como pasajeros a vagones del metro de Tokio con bolsas de plástico llenas de sarín mezclado con acetonitrilo para ralentizar la evaporación y envueltas en periódicos. De manera casi sincronizada, perforaron las bolsas con las puntiagudas puntas de paraguas y abandonaron apresuradamente el lugar. Los vagones siguieron avanzando mientras el gas se evaporaba dejando literalmente una estela de muerte. Aunque varios pasajeros comenzaron a sentir los síntomas casi de inmediato, tardaron algunos minutos en darse cuenta que se trataba de algo realmente grave. El gas, aspirado, en contacto con la piel y ojos o adherido a la ropa, comenzó sus estragos. El resultado fue terrible, alrededor de 6000 personas resultaron afectadas en mayor o menor grado, la policía y los servicios de emergencia así como los hospitales fueron claramente rebasados. Trece personas murieron, una cantidad relativamente baja dada la magnitud del suceso. Aún así hubo sobrevivientes con graves secuelas y efectos irreversibles, tal como deja ver las entrevistas en “Underground”, físicamente, la salud de muchos de ellos no regresó a su total normalidad. Mental y psicológicamente el daño, el trauma, también quedó marcado en varios de ellos.

Ataque con gas sarín en Tokio

Me gusta el trabajo de las entrevistas de Murakami. Aunque se trata de transcripciones, en algunas partes el texto tuvo que ser adaptado y luego pasar por un proceso de revisión y aprobación de los entrevistados. En esa etapa incluso algunos decidieron que su entrevista fuera removida. Murakami respetó la voluntad de los participantes. Fue un largo trabajo y muchas de ellas son emotivas. Hay dos que personalmente me conmovieron mucho. La primera es la Shizuko Akashi quien quedó en estado vegetativo durante algún tiempo y cuando milagrosamente despertó, tuvo que iniciar un largo proceso de rehabilitación el cuál seguramente se extenderá por el resto de su vida. El cambio de vida se extiende a su familia, en especial su hermano, quien ahora no solo tiene que hacerse responsable de su familia, sino también del cuidado de su hermana a quien tiene que visitar cada 2 días en el hospital. Todo producto de lo que él llama con justa razón, una “panda de imbéciles”. El segundo relato es el de Yoshiko Wada, quien perdió a su marido, Eiji Wada, en el atentado a pocos días que de dar a luz a su primera hija. Su relato es desgarrador, pero también es un relato de valentía y esperanza. Mientras lo leía resultaba inevitable preguntarme ¿qué habría hecho yo en su lugar?

Posterior a las entrevistas, Murakami expresa sus reflexiones alrededor de aquel suceso, el porqué no solo desde la perspectiva de la secta Aum, sino con Japón, con el país, con la sociedad. No se trató de un acto “excepcional y sin sentido cometido por un grupo de dementes”. La gente que perpetró los ataques ni siquiera venía de clases bajas o poseía poca educación, sino todo lo contrario, uno era doctor, tres tenían estudios superiores en física y el quinto había estudiado Inteligencia Artificial en la universidad. ¿Qué lleva a gente con este perfil a involucrarse con un movimiento disparatado que pretende conectar el cristianismo, el budismo, el yoga y los libros de Nostradamus? ¿Porqué a pesar de las evidencias de que Aum estaba ligado a otros atentados previos al de 1995, sus miembros no desistieron?

Para intentar contestar estas preguntas, Murakami parte de algunos comentarios de Theodore Kaczynski, el famoso “Unabomber“, el cual planteaba en sus escritos que todos como individuos pretendemos alcanzar una autonomía personal, sin embargo, el sistema, las sociedades, están organizadas para ejercer presión sobre los que no encajan en él. Son “enfermos” que deben “curar”. Para estos “antisociales” se dispara un bucle retroalimentado. La presión del sistema se convierte en una confirmación del modo de proceder del individuo, una respuesta que lo lleva a continuar y volverse más radical. Japón y su cultura serían un ejemplo muy cercano a este sistema, se distinguen por alabar el trabajo en equipo y aplastar la individualidad.

El defecto en este razonamiento es pensar en términos de un autonomía absoluta la cual no existe. Más bien el individuo debe lograr un equilibrio entre autonomía y dependencia. Cuando no se logra ese equilibrio, algunos individuos pretenden compensarlo estableciendo un sistema propio contra el ya establecido. Murakami supone que eso fue lo que le sucedió a Shoko Asahara al fundar Aum en un intento de superar una serie de vicisitudes personales. Luego llegaron los adeptos. Estos no libraban batallas personales contra el sistema sino que gracias al carisma y a una narrativa “chapucera” (el conjunto de creencias) que Asahara les vendió, se dejaron engullir y asimilaron su lucha. En Asahara y Aum hallaron consuelo y a alguien que se ocupaba de ellos en todo aspecto, inclusive el tener que pensar. “Depositaron sus valiosas individualidades bajo llave y cerrojo de ese ‘banco espiritual’ llamado Shoko Asahara”. Una vez bajo ese estado, no fue muy complicado que los adeptos cooperaran para llevar a cabo los deseos de Asahara, incluso sabiendo y estando convencidos, según confesaron algunos en sus juicios, que lo que estaban haciendo estaba mal e iba en contra de su voluntad.

“¿Teníamos nosotros una narrativa lo suficientemente potente para anular el efecto del sinsentido de Asahara?”, pregunta Murakami y afirma que esa fue la tarea que debió haber hecho la sociedad japonesa, ofrecer una narrativa más viable en lugar de simplemente reír ante “alimento de lunáticos”. Luego apunta su mira a los sistemas en vigencia, los sistemas que nos rigen y consideramos superiores, a quienes también les hemos cedido algo de nuestro “Yo” a cambio de una “narrativa”.  “¿Es la narrativa que poseemos real y ciertamente nuestra? Los sueños que tenemos, ¿son nuestros de verdad? ¿No serán visiones de otros que antes o después podrían convertirse en pesadillas?”

Actualmente, tanto Asahara como varios de los perpetradores se encuentran en prisión cumpliendo condenas de por vida y algunos de ellos, Asahara incluido, están sentenciados a muerte aunque sus ejecuciones se han ido posponiendo. Mientras tanto, la secta de Aum Shinrikyo ahora con el nombre de Aleph continua en funcionamiento aunque bajo una estricta vigilancia del gobierno. El temor persiste, nadie quiere ver repetida un tragedia parecida ni en Japón ni en ningún otro país. Esta preocupación nos concierne a todos.

Underground. Haruki Murakami. Editorial Tusquets 2014.

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Ciencia y tecnología, Entretenimiento, Peliculas

Interestelar – Interstellar

Fui a ver Interestelar y como generó en mi varios comentarios decidí que merecía una entrada. De inicio conviene advertir mi fascinación por Christopher Nolan y sus historias. Amo The Dark Knight, no me canso de ver Inception y alguna vez, en esos días que pierdes el tiempo escarbando en Netflix, quedé extasiado de ver The Prestige y solo para descubrir que también tenía la firma de Nolan.

Endurance

En síntesis la historia es muy simple: la Tierra esta pereciendo, la humanidad se ha convertido en una sociedad dedicada casi exclusivamente a la agricultura, pero hay un plan secreto para intentar mudar a la raza humana a algún planeta de una galaxia lejana, todo esto gracias a un “conveniente” agujero de gusano descubierto cerca de Saturno. En esta misión interestelar participará Cooper (Matthew McConaughey), un ingeniero y ex piloto de la NASA, quien tendrá que asumir el costo de abandonar a sus hijos durante los tantos años que implicará la misión y eso sin contar que el regreso tampoco esta asegurado.

Dicen Memo y Erick, dos amigos con quienes fui a verla, que se siente el sabor a 2001: Odisea del espacio y a Contacto. No están equivocados. Respecto a la primera, Nolan ha dicho que “no puedes pretender que 2001 no existe cuando estas haciendo Interestelar”. Respecto a la segunda, la relación es aún más directa y nos lleva a Kip Thorne, el físico teórico que hizo la premisa principal de la película y que colaboró en 1997 con Carl Sagan para Contacto. Él, junto con la productora Lynda Obst, consiguen la atención de Steven Spielberg para dirigir un filme basado en su idea. En el proceso aparece Jonathan Nolan como guionista de Interestelar y luego por asuntos de productoras, Spielberg queda fuera como director. Es ahí cuando Jonathan recomienda a su hermano, Christopher, quien acepta y ellos dos junto con Thorne terminan de bosquejar toda la historia.

La participación de Thorne es fundamental para darle toda la credibilidad posible a esta cinta de ciencia ficción. Estamos hablando de teorías físicas “fumadas”, descritas en ecuaciones donde los científicos aún debaten si cada uno de los resultados tiene una traducción en nuestro Universo real. Viajes a través de un agujero de gusano, introducirse a un hoyo negro, deformación del tiempo como afirma la teoría de la relatividad, teseractos, ondas gravitaciones subsistiendo en tiempo y espacio, tecnología para soportar estos viajes interestelares. Aún dentro de la exageración y la especulación, el espectador podrá percibir cierto grado de coherencia, un buen maquillaje que consigue mantener viva la historia y seguro que Thorne tuvo mucho que ver. Thorne trabajó mucho con el equipo de animación proporcionando modelos y fórmulas para muchos de los fenómenos que se ven. Esta es una de las grandes razones por las que vale la pena Interestelar. A mi gusto, algunas escenas no solo son cautivadoras sino reveladoras y visionarias, intelectualmente estimulantes.

Mann's Planet

La segunda gran razón para ver Interestelar es la reflexión que plantea, en palabras de Carl Sagan, de “la ciencia como una luz en la obscuridad” y de lo que un viaje de este tipo va a representar el día que la humanidad este lista para abordarlo. Por un lado, nos recuerda que el conocimiento científico es un trabajo en equipo y acumulado a través de generaciones. Lo exige así nuestras cortas vidas humanas y es así, a base de “pedacitos”, que hemos conseguido lo que tenemos hasta ahora. Nos recuerda que cada uno puede aportar su granito a este conocimiento aunque muy probablemente no seamos nosotros quienes veamos el producto de lo sembrado. Aportar no es tan simple, requiere entre otras cosas que la ciencia se abra camino entre la ignorancia y que las naciones estén dispuestas a hacer lo necesario para que esta florezca. En pocas palabras, no hay que dar por sentado que la ciencia esta ahí y vive por si sola mientras nosotros nos limitamos a consumirla. Por último, nos recuerda que emprender un viaje interestelar no va a ser fácil: grandes distancias y enormes cantidades de tiempo para seres diminutos en tiempo y espacio. ¿Cómo vamos a afrontar esa realidad con semejantes limitaciones? Nuevamente, será un producto de varias generaciones. Muchos no viviremos para verlo.

Sobre esa misma línea, pero en el plano emocional tenemos otra de las grandes razones para ver Interestelar. En la película, Cooper toma la decisión de enrolarse en una misión que tardará años; esto implica abandonar a sus hijos sin saber si los volverá a ver (hay un momento que se me hizo muy lindo, donde se dice algo así como “el propósito de los padres es venir a dejar un recuerdo en la mente de los hijos”, aludiendo obviamente a la inevitable muerte). Cooper renuncia a sus intereses personales a favor de un objetivo mayor: salvar la humanidad. Si lo consigue, entonces quizá salve también a sus hijos o las generaciones de ellos. Otros personajes tiene que tomar decisiones similares. Dada la naturaleza del viaje, los efectos de la relatividad, tales como la paradoja de los gemelos, se hacen presentes. Esto significa que Cooper envejece más lentamente que sus hijos que se hayan en la Tierra. En breves ocasiones, algunas señales de la Tierra logran cruzarse y Cooper es testigo de los cambios en sus hijos. ¿Qué impacto tendría en nosotros un momento así? Una buena escena de reflexión.

Gargantua

He dejado para lo último el “debraye” mental, del cuál no hablaré prácticamente nada para no echarles a perder la película a los que aún no la han visto. Uno va a encontrar varios patrones que se repiten con respecto a las películas anteriores del director. No solo se convierten en una firma sino que parecen revelar los intereses  e inquietudes personales de Nolan. Pero de entre todas las películas, sin duda con la que yo le encuentro más parecido es con Inception. Una especie de Inception pero ahora en el plano de la física en el cosmos. Y eso es todo lo que diré.

Y por último, si ya la viste y quieres corroborar el párrafo anterior, entonces puedes ir a esta liga. REPITO: solo si ya la viste.

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Curiosidades, Libros, Lo que pienso, Peliculas

Sacrificando la vaca sagrada de la identidad

Las ideas de esta entrada están inspiradas en porciones del libro “Yo soy un extraño bucle” de Douglas R. Hofstadter.

“Epi”, la canica.

Canica

“Epi”

Cuenta Hofstadter que hace algunos años, escombrando su casa, metió la mano es una caja de cartón llena de sobres. Al hacerlo, entre el pulgar y el resto de los dedos sintió una canica que curiosamente “flotaba” en medio de los sobres.  Sin hijos en casa y estando la caja en un cuarto que funcionaba como su oficina, las posibilidades de tener una canica ahí eran sumamente imposibles. Extrañado examinó los sobres, la caja, de nuevo los sobres y nada. Fue unos minutos después que entendió lo que sucedía. En cada sobre, justo en el vértice de la “V” que forma su solapa, hay una triple capa de papel junto con una delgada capa de pegamento. Cuando apretaba por el centro el paquete de sobres perfectamente alineados, había ante el tacto algo que transmite la sensación de un objeto duro y perfectamente redondo el cual, con base en su experiencia, Hofstadter asoció de inmediato con una canica. Había sido objeto de una ilusión táctil. De no ser porque Hofstadter pudo en ese momento abrir la caja y examinar los sobres, hubiera estado convencido que de forma increíble y misteriosa se hallaba una canica ahí.

A esa canica inexistente, Hofstadter le apodó cariñosamente “Epi” en alusión a la palabra “epifenómeno”: una ilusión a gran escala creada por una confabulación de sucesos pequeños e indiscutiblemente reales.

En cierta forma, la conciencia, la identidad del ser humano, es como aquella canica, otro epifenómeno. Para Hofstadter en el cerebro humano desarrollado existe un tipo especial de estructura abstracta o patrón (el bucle extraño que dedica a explicar en su libro) que desempeña la misma función que esa precisa alineación de capas de papel y pegamento en los sobres; un patrón abstracto que da origen a lo que sentimos como el “yo”. En nuestro cerebro, a una escala muy baja (cuántica, atómica, molecular), se desatan una serie de eventos altamente complejos que vistos a ese nivel pudieran significar poco, pero que a gran escala se traducen a actividades vitales: buscar alimento, buscar cierta gama de temperaturas, buscar pareja, etcétera y también en metas individuales: tocar ciertas piezas de piano, visitar ciertos museos, poseer cierto tipo de coches.

El “yo” por tanto resulta ser también una ilusión, y una muy fuerte, es esa “canica” que todos afirmamos haber sentido y aseveramos que existe. Solo que a diferencia de la caja de cartón, nuestro cerebro no es tan fácil de examinar. La ilusión por lo tanto persiste.

El dilema del teletransportador

Una escena de teletransportación en "Star Trek"

Una escena de teletransportación en “Star Trek”

Imaginemos ahora que tenemos la oportunidad de utilizar un teletransportador. Si hemos visto películas como “La Mosca” o “Star Trek” seguramente tenemos una buena idea de lo que hace un aparato de estos. A grandes rasgos, el aparato hace un escáner detallado de nuestro cuerpo y registra los estados exactos de cada una de nuestras células (o moléculas). Esa información viaja a la velocidad de la luz a su destino donde un “replicador” crea a partir de materia nueva, un cerebro y un cuerpo exactamente igual. Un paso fundamental es que al mismo tiempo que el cuerpo original es desvanecido, reintegrando cada uno de sus átomos al ambiente. El “pasajero” pierde la conciencia un instante para recuperarla un tiempo después en otro lugar sin notar cambio alguno.

Supongamos entonces que abordamos uno de estos teletransportadores. En un “instante” (que en realidad pudo haber sido un lapso de tiempo un tanto prologando dependiendo de qué tan rápido sea el teletransportador) despertamos en otro lado un poco aturdidos y desconcertados por el nuevo lugar y el tiempo. Después de unos minutos nos examinamos y vemos que hasta el mínimo detalle de nosotros sigue ahí, quizá ese granito de grasa que justo nos acaba de salir por la mañana o la cortada que nos hicimos al rasurarnos. De igual forma, podemos recordar lo que hicimos por la mañana o cualquier otra anécdota que se encuentra guardada en nuestra memoria.

En uno de esos viajes, algo sale mal y el teletransportador no ejecuta el paso de destruir nuestro “yo” original. Despertamos en el mismo punto y entonces nos enteramos de que hay otro “yo” en otro punto del espacio (la situación, aunque no es la misma, pudiera recordar un tanto a aquella película de “El sexto día“). Las preguntas que entonces surgen son: ¿cuál de los dos sería yo? ¿puedo estar yo simultáneamente en dos lados?

Este ejercicio es interesante porque mientras que en el primer caso solemos aceptar sin reparos que efectivamente nos hemos transportado (teletransporte igual a viaje), en el segundo caso adoptamos el camino fácil contradiciendo justo lo que acabamos de aceptar en el primer caso. Razonamos que si hay dos de nosotros que son prácticamente idénticos, el primero debe ser entonces el original y por tanto el otro no solo resulta ser una copia idéntica sino más bien un clon, una falsificación, un engaño, un impostor de nosotros mismos.

¿Dónde se halla entonces en realidad el viajero en este último experimento? Podríamos, para complicar las cosas, incluir un tercer caso en el que el teletransportador si destruye la copia original, pero genera dos copias de nosotros en dos puntos diferentes del espacio.

El filósofo Derek Parfit, en su libro “Razones y Personas” analiza ampliamente esta discusión. Lo que queremos resaltar nuevamente, es esa resistencia que tenemos a considerar nuestro “yo” como algo totalmente indivisible e indisoluble, algo que Partif le llama “Ego cartesiano”. Esto parece ser un fenómeno muy natural y que en cierta forma rige nuestro sentido de supervivencia, pero me temo que también se ve aún más reforzado cuando se piensa en el concepto de “alma” que la gran mayoría de las religiones promueven y no son pocas las que afirman que algo inmaterial, espiritual, pero que sigue siendo nuestro “yo” permanece después de la muerte. Parfit se encarga entonces destrozar ese “Ego cartesiano” y afirma que el concepto de “identidad personal” carece de sentido aunque en nuestro mundo cotidiano hablar en términos de el nos facilita mucho las cosas y nuestro sentido común, nuestro lenguaje y nuestro bagaje cultural esta lleno de ese concepto de identidad.

Aunque el dilema del teletransportador no tiene respuesta definitiva, es bastante acertado concluir que en el segundo caso se tienen dos “yos”. Cuando se les pregunta a cada uno de ellos si son el original, ambos responden afirmativamente, ambos dirán sin dudarlo “Este de aquí soy yo”. Por tanto, tal como diría Dan Dennett:

El “yo” se asemeja a un billete de banco: se diría que tiene mucho valor, pero en el fondo, es una convención social, una especie de ilusión sobre la que todos estamos tácitamente de acuerdo aunque nunca nos lo hayamos preguntado y en la cual, a pesar de ser ficticia, se basa toda nuestra economía. Pero, en sí, un billete es un simple trozo de papel sin ningún valor intrínseco.

La idea (descabellada) de que podemos estar en dos cerebros a la vez, sin duda genera de inmediato una reacción intuitiva de rechazo. Si la idea de estar en dos lugares a la vez parece no tener sentido, entonces piense en intercambiar espacio por tiempo y ver cómo no tiene reparos en imaginar que usted existirá mañana y pasado mañana. ¿Cómo es que pueden existir dos “usted” diferentes y que los dos reivindiquen su nombre?

No todo es ciencia ficción

¿Cuál de todos soy yo?

¿Cuál de todos soy yo?

Quizá el mayor contrargumento a lo que se ha afirmado podría sencillamente ser que hemos estado hablando de escenarios de ciencia ficción que tienen poco que ver con el mundo real, los seres humanos reales y la vida y la muerte reales. Pero pensemos por un momento en situaciones cotidianas que pueden ayudar a desmitificar ese concepto de “yo” indivisible. Pensemos por ejemplo en las personas con Alzheimer y cómo su concepto de identidad se diluye gradualmente dejándonos claro, como tantas cosas en la vida, que la identidad no es una cuestión de blanco y negro, sino de grises, que son en realidad un conjunto de esos sobres que conforman a “Epi”. Se me ocurre también pensar en aquellas personas con problemas de personalidades múltiples y como Hofstadter afirma también, pensemos por un momento cómo las personas con las que convivimos día con día también llegan a “vivir” dentro de nosotros en forma de copias de baja resolución. Hofstadter, por ejemplo, mantiene en su memoria los recuerdos de la infancia de su difunta esposa, recuerdos que no son vivencias propias, pero que a raíz de convivir tantos años con ella, es capaz de evocarlos y representarlos. ¿Podría afirmarse que una parte del “yo” de su esposa continúa aún vivo?

Para quienes han perdido un ser querido en la muerte, esta idea, aunque triste, es a la vez hermosa. Y, en cualquier caso, para la gente de ciencia, es hasta ahora el único consuelo.

 

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Sociedad

Sesgos de confirmación

“Tengo un conocido que le funcionó” es una de las respuestas más comunes que solemos dar para justificar alguna postura en algunos campos de la salud. Aquella “evidencia” suele bastar para que uno resulte convencido. Esto ocurre con frecuencia cuando hablamos de medicina alternativa, la cual se define como “toda práctica que afirma tener los efectos sanadores de la medicina pero que no está apoyada por evidencia obtenida mediante el método científico”. La lista de prácticas y procedimientos que abarca esta definición es bastante larga. ¿Pero es nuestra justificación un argumento válido?

Para contestar empecemos con un ejercicio: Supongamos que somos investigadores que estamos interesados en determinar si un síntoma en particular esta asociado con una determinada enfermedad. Después de examinar por un año a 150 personas tenemos la siguiente tabla de resultados:

Enfermedad Presente Enfermedad Ausente
Síntoma Presente 80 40
Síntoma Ausente 20 10

Las preguntas, que pido al lector tome su tiempo y conteste, son: ¿qué celdas de esta tabla nos ayudan a determinar si existe una relación entre el síntoma y la enfermedad? y ¿cómo determinamos esa relación? Tómese su tiempo para responder.

¿Qué respondió? La respuesta correcta es que necesitamos la información de todas las celdas. No basta con examinar únicamente la evidencia positiva, es decir, solo el número de casos en que el síntoma y la enfermedad resultaron positivos (esquina superior izquierda), también requerimos los negativos. ¿Por qué? Porque solo así podemos valorar cuantitativamente a través del cálculo de porcentajes si dicha relación realmente existe. Veamos los cálculos a continuación.

  • Del total de personas CON el síntoma presente, ¿que porcentaje estuvo enfermo? Fue 80 de 120 (80 + 40), esto es 66.66%
  • Del total de personas SIN el síntoma presente, ¿qué porcentaje estuvo enfermo? Fue 20 de 30 (20 + 10), esto es 66.66%

¿Existe relación entre el síntoma y la enfermedad? De los cálculos obtenidos podemos determinar que la respuesta es NO. Los porcentajes son exactamente los mismos sea que la persona tenga o no el síntoma.

En este momento posiblemente el lector que haya llegado hasta aquí ya se imagina a qué voy con esto. Cuando decimos “tengo un conocido al que le funcionó” o “conozco mucha gente a la que le ha funcionado” estamos cayendo en el error de elegir solo la información de una de las celdas. ¿A cuántos no les funcionó X medicamento o Y procedimiento? ¿Cuántos se curaron sin recurrir a el? Conocer esa información es fundamental para sacar conclusiones determinantes y es parte del rigor del método científico. He ahí el dilema de la medicina alternativa y de ahí que al carecer de dicha evidencia con frecuencia se hable más de un efecto placebo o imaginario.

Extendamos ahora esta misma línea de pensamiento a otros campos. Un caso interesante sería por ejemplo la oración por un paciente enfermo. ¿Funciona o no? Recuerde, para determinarlo necesitamos TODOS los valores de las celdas:

  1. Los que se curaron cuando hubo oración,
  2. Los que no se curaron cuando hubo oración,
  3. Los que se curaron sin oración y
  4. Los que no se curaron y no hicieron oración.

Si, probablemente verá que una de las complicaciones radica en obtener toda esa información y que sea fiable, pero lo que quiero dejar claro es que tenemos que considerar las demás variantes para realmente sacar conclusiones. Podríamos seguir con ejemplos aplicándolo a los fenómenos paranormales o cosas más humanas como la política y los conflictos mundiales.

La tendencia a favorecer información que confirma nuestras propias creencias o hipótesis tiene un nombre: sesgo de confirmación. Existen diversas teorías que intentan explicar porqué el cerebro humano recurre frecuentemente a este tipo de sesgos. Lo que queda claro es que tenemos una tendencia a buscar evidencia que confirme nuestras expectativas y a darle un mayor peso que a la evidencia que se opone a nuestras creencias. Estas asunciones, claro esta, pueden llevarnos con facilidad al engaño.

Sesgo de Confirmación

“La gente casi siempre encuentra lo que espera encontrar si permite que sus expectativas guíen su búsqueda” – Bart Ehrman

Aunque en algunos casos un sesgo de confirmación no tenga gran importancia, hay varias situaciones que son delicadas. Por ejemplo, este tipo de sesgos son los que pueden llevar a la conservación de estereotipos fuertemente arraigados en la sociedad tales como asuntos relativos a las mujeres, minorías étnicas y otros grupos. Sí, los sesgos de confirmación pueden tener importantes consecuencias. Afortunadamente el saber acerca de ellos puede obligarnos a adoptar una postura más crítica hacia nosotros mismos y nuestras creencias. Nos fuerza también a mirar a otros lados, a abrirnos a posibilidades que de otra forma evitaríamos por resultarnos desagradables.

Esta tendencia [a los sesgos de confirmación] es especialmente fuerte cuando la gente no se ve impulsada a cuestionar sus propias creencias.

Scott Plus – Profesor del Departamento de Psicologia de la Wesleyan University.

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Libros

La vida y la muerte me están desgastando – Mo Yan

Aunque solo he leído 2 libros de Mo Yan (Rana fue el otro), me atrevo a decir que esta es su mejor obra. Un libro magnífico escrito hábilmente con grandes dosis de inteligencia y humor que consiguen que uno digiera de principio a fin las más de 700 páginas que lo componen. Resulta aún más increíble pensar que Mo Yan lo escribiera en tan solo 43 días. El título es brillantemente atractivo y bien elegido. Mo Yan se vale de una creencia muy común en Oriente, la reencarnación, para conseguir llevarnos de la mano en un recorrido de 50 años por China, o al menos del pueblo natal del autor, a saber Gaomi. 

El personaje principal es Ximen Nao, un terrateniente que muere injustamente en 1950 cuando nuevas las nuevas corrientes del comunismo declaran que la tierra debe trabajarse de una manera distinta. Reencarnando en un burro, un buey, un cerdo, un perro, un mono y finalmente un niño con hemofilia, el personaje va observando la transformación de pueblo a la par de la llegada y despedida de otras generaciones. Cada ciclo es una oportunidad de redimirse pero también es la contemplación de otra injusticia. 
Al contar la historia a través de animales, Mo Yan no solo consigue una crítica inteligente  y ácida del sistema, cultura y política china, también lo hace sumamente divertido. Igualmente gracioso resulta ver a Mo Yan incluido entre los mismos personajes y auto describirse como un ser bastante tonto y despreciable, aunque no exento de buenos sentimientos. 

En vista de que la lectura puede tornarse un poco complicada y enredada, al inicio del libro la edición en español incluye un índice de los personajes más relevantes. Y es que han de saber que uno de los retos de las novelas chinas son los nombres, porque al lector occidental todos les parecerán un trabalenguas y todos les sonarán parecidos. En mi caso, leer también algunas sinopsis y otros artículos en la red me ayudó a una mejor comprensión.

Este libro despertó mi interés por la historia de China. En nuestras escuelas lo que se nos enseña de ella se limita a un párrafo o un capítulo de algún libro como alguna de las grandes civilizaciones del mundo antiguo. Gracias a este relato de Mo Yan podemos conocer un poco más del comunismo de Mao Zedong, el Gran Salto Adelante, pasando por la Gran Hambruna China y siguiendo con la Revolución Cultural, eventos que le han dado forma a la condición actual del país.

Mo Yan

Mo Yan critica y alaba el mismo sistema del cuál el forma parte. Es miembro del Partido Comunista desde 1979  y actualmente es vicepresidente de la Asociación de Escritores del mismo partido. Esto le convierte en objeto de crítica de parte de varios colegas escritores chinos. Un punto máximo se alcanzó cuando se negó a dar apoyo mediante una firma a una petición firmada por otros 134 galardonados al Nobel para el excarcelamiento del disidente político Liu Xiaobo quien también ganó el Nobel de la paz en 2010. “Siempre he sido independiente. Me gusta que sea así, y cuando se me fuerza a expresar mi opinión, no lo hago” respondió y luego afirmó que apoyaba la liberación de su compatriota. Liao Yiw, otro poeta y compatriota, lo tachó de “canalla”. En parte los críticos tienen razón, en parte Mo Yan lo sabe y por ello a veces se ven respuestas vagas e incompletas en entrevistas como esta. Pero su capacidad como escritor no queda en duda. ¿Es necesario juzgar la calidad de la obra literaria de un autor por afiliación política o sus creencias particulares? La respuesta queda abierta.

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Libros

Y las montañas hablaron – Khaled Hosseini

Quiero empezar con una anécdota personal que me ocurrió hace unos meses. Mi madre compró un pavo, o como les decimos en México, un guajolote. El problema es que a la casa llegó aún vivo y yo no tuve el valor ni de verlo morir ni de comerlo. No puedo pasar por alto el hecho de que toda mi vida he comido carne y eso implica que todos los animales envueltos pasaron por el mismo proceso, el único detalle es que yo no los veo morir día tras día. Esto me dejó la pregunta ¿Seguiría comiendo carne si fuera yo el que los tuviera que matar?

Sé que la anécdota da para muchos debates del tipo “carnívoros vs vegetarianos” que no voy a abordar aquí. Lo que quiero decir es que a los personajes de este libro en cierta forma les pasa algo parecido. En cierto momento de sus vidas hay una experiencia que les abre los ojos a un mundo de tragedias que siempre a estado ahí pero les ha pasado desapercibido y en ese momento toman conciencia del problema y tienen que tomar ciertas decisiones.

Niños afganos

“Y las montañas hablaron”, como novela, me recordó un poco a “Purga” de Sofi Oksanen que leí el año pasado. Ambos nos retratan momentos de la historia de dos pueblos a los que en cierta forma estamos ajenos, por un lado el antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial en Finlandia en el caso de “Purga” y por el otro la escalada de violencia en Afganistán durante los últimos 60 años. En ambas novelas la historia va brincando por capítulos en tiempos y lugares pero todas estas historias se irán interconectando gradualmente.

En 1952, Sabur, un pobre agricultor de una aldea ficticia en Afganistán no encuentra mejor remedio de salvar del hambre a Pari, su hija de 3 años, que entregándola a una pareja rica en Kabul. La decisión la separa de su hermano Abdulá, de 10 años, que se ha dedicado a cuidar a Pari tras la muerte de su madre en el parto. La historia del reencuentro que llevará más de 50 años se entrelaza con la vida de otras personas y sus propias historias individuales. Nos da una visión del Afganistán desmoronado por sus conflictos bélicos con sus montones de refugiados en medio de la pobreza y el dolor.

Como decía, hay una constante que se hace presente en casi todas las historias contadas: cómo el acercamiento y la experiencia propia con el dolor puede darnos conciencia del sufrimiento humano pero también cómo es tan fácil olvidar y volverse ciego ante las injusticias. Las personas, cuando son testigos de las atrocidades, son capaces de compadecerse, entender e intentar hacer algo. Pero una vez que estas se distancian, con frecuencia la preocupación disminuye o deja de existir. Se nos olvida y regresamos a nuestras acomodadas vidas. Si no lo vemos, no existe. Solo son unas cuantas las que regresan al tema y en realidad hacen algo.

Hosseini, el autor, se retrata en uno de esos personajes, y es uno de esos que ve el dolor, promete hacer algo y lo olvida. Hosseini, afgano de nacimiento y quien vive ahora en Estados Unidos en asilo político, parece compartir esa culpa como una carga personal y quizá intenta con su historia de alguna manera cambiar ese sentir y acallar el remordimiento. De igual forma, en mi caso, hay cierta identificación con la novela y mis promesas hechas e incumplidas a otras personas, aquellas a las que les fallé. El relato se convierte en una reflexión y un poderoso estímulo para atreverse a no acallar esas molestias de conciencia y atreverse a intentar a hacer algo sobre todo cuando tiene que ver con contribuir a reducir el sufrimiento que inunda este mundo.

Ficha en Goodreads

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